Nota de la Dirección: La historia occidental reciente ha sido testigo de una mutación silenciosa y devastadora en el corazón mismo de nuestra civilización. Bajo el ropaje seductor de la emancipación y el progreso, se ha perpetrado una expropiación ontológica contra la dignidad femenina. El presente ensayo editorial, concebido desde la alta dirección de esta casa y enriquecido con el rigor de nuestro consejo antropológico y neurobiológico, desentraña la anatomía de esta falacia moderna para restituir a la mujer y a la familia su sitial de honor en el orden natural.
La Reverencia Histórica y el Custodio de lo Sagrado
A lo largo de los siglos en que cristalizó la civilización cristiana y occidental, la mujer fue respetada, cuidada y amada de manera predominante, erigiéndose en el eje moral y en el alma indiscutible del tejido social. La memoria histórica, despojada de las deformaciones propagandísticas del secularismo contemporáneo, demuestra con elocuencia que los hombres eran criados desde la más tierna infancia bajo la premisa inquebrantable de que la mujer es sagrada. Su persona no constituía un engranaje sustituible de producción mercantil, sino un santuario de la vida, una figura revestida de una majestad singular que inspiraba en el varón los ideales más elevados de cortesía, protección heroica y honor caballeresco.
En aquella arquitectura social regida por el derecho natural y la complementariedad armónica de los sexos, la mujer no trabajaba mayormente fuera de la casa. Sin embargo, resulta imprescindible derribar una mentira historiográfica repetida hasta el hartazgo por la ingeniería social moderna: aquellas mujeres que tuvieron la auténtica vocación del intelecto, de las artes, de la erudición o de la vida pública nunca estuvieron impedidas de llevarla a cabo, o lo estuvieron, con absoluta seguridad, en mucho menor grado que la inmensa mayoría de los hombres que por abrumadora pobreza, por las atrocidades del frente de guerra o por adversas circunstancias materiales tampoco pudieron jamás llevar adelante sus propias vocaciones profesionales o letradas. La laboriosidad de nuestros antepasados se ordenaba al bien de la comunidad familiar, y en ese reparto orgánico de responsabilidades, la mujer guardaba para sí el gobierno soberano de la esfera más decisiva para el destino de la humanidad.
La Anatomía del Engaño: Degradar lo Excelso para Imponer lo Servil
Lo verdaderamente asombroso, lo más significativo y aterrador del proceso transformador moderno, es que los arquitectos del utilitarismo lograron convencer a millones de mujeres de que sus roles connaturales dentro del hogar eran indignos o bajos. Se observa aquí una manipulación cultural de una eficacia insidiosa sin precedentes: mediante el descrédito sistemático de la maternidad y la burla constante hacia las virtudes domésticas, se inoculó en el alma femenina la idea de que criar hijos y gobernar el hogar constituía una esclavitud degradante, prometiéndoles al mismo tiempo que tenían un supuesto derecho a más. Se nota la manipulación detrás de ese discurso de reivindicación de pretenciosos derechos que, en la práctica real, consistió en despojar a la mujer de su reino para arrojarla a la intemperie del mercado laboral indiscriminado.
La realidad objetiva, fundamentada en la razón recta y en la ley eterna que ordena las criaturas, proclamará siempre que no hay oficio más alto en la tierra que criar a los niños que pueblan este mundo, ni existe mayor dignidad concebible que traer almas a la existencia. Es a la mujer a quien le ha sido confiado por designio natural el difícil y sublime oficio de hacer más lindo el mundo, llenándolo de ternura, de colores, de belleza y de calidez, inspirando permanentemente a los suyos en su inmensa capacidad de amor y de bien. En las delicias que salen de sus manos en la mesa familiar, en las ingeniosas y silenciosas soluciones a graves problemas cotidianos, en la vestimenta de la familia sobre la que desarrolla una ingeniería admirable y prudente, y en esa capacidad incomparable de dejarle al mundo hijos estudiosos, educados y probos, reside la verdadera grandeza de la civilización.
Sin embargo, el panorama contemporáneo ofrece un contraste doloroso que ofende la inteligencia y la dignidad humana. Hoy vemos que esa misma mujer debe atender la caja de un supermercado durante jornadas agotadoras, coordinar a un grupo de empleados bajo una tensión incesante o dirigir una empresa corporativa fría y distante; da igual el título del puesto, lo que es absolutamente seguro y trágico es que la convencieron ridículamente de que es mejor y más noble servir a su jefe antes que a su propia familia. Hemos llegado al extremo inadmisible de ver mujeres cargando con cajones pesados o realizando labores de un desgaste físico que antes era impensado que hicieran, todo ello aplaudido por una cultura que llama emancipación a la pérdida de los miramientos más elementales.
La Rifadura del Honor y la Pérdida de la Majestad
Al abandonar el sagrado santuario del hogar para competir en un mercado feroz desprovisto de toda consideración moral, las sociedades occidentales rifaron el rol femenino, su oficio irreemplazable y una majestad histórica que hoy se opaca con dudas sobre su persona que en el pasado estaban reservadas únicamente para los hombres. Cuando la mujer es arrojada a la intemperie del utilitarismo mecanicista, se expone a las mismas asperezas, cinismos y suspicacias que caracterizan al mundo secular del lucro, perdiéndose aquella atmósfera de respeto reverencial que constituía el escudo protector y la gloria de la feminidad.
Es admirable, desde el punto de vista de la ingeniería social y de la perfidia dialéctica, el logro obtenido por el sistema económico y cultural hegemónico: lograron que la mujer vea como su legítimo derecho el ser esclava para aportar económicamente a un sistema corporativo impersonal. Se evidencia en este movimiento un cálculo financiero y político de extrema frialdad: resultaba muy caro para el capitalismo usurario y para el Estado recaudador que la mujer se quedara en casa y pagarle un salario digno y justo al marido que permitiera sostener con holgura a una familia numerosa. Al duplicar artificialmente la oferta de mano de obra en el mercado, se logró deprimir el salario real del jefe de familia, haciendo financieramente indispensable que ambos cónyuges abandonen el hogar para sobrevivir.
La Peligrosidad de la Madre Educadora Frente al Estado Adoctrinador
Más allá de la conveniencia financiera para los grandes poderes económicos, la presencia de la mujer en el hogar representaba para el sistema dominante la máxima peligrosidad ideológica: una madre libre, inteligente y virtuosa que cría personalmente a sus hijos les enseña coherencia, lógica, fe y valores morales sólidos. Una infancia nutrida en el seno de un hogar ordenado y amoroso desarrolla una autonomía intelectual y una fortaleza moral que la vuelve inmune a las consignas masivas y a la propaganda demagógica del poder central.
Para el modelo tecnocrático contemporáneo, es inmensamente mejor que el Estado intervenga de manera temprana para pervertir la razón de los menores, acostumbrándolos a ser esclavos obedientes del pensamiento único y a permanecer desde su nacimiento en manos de personal institucional ajeno a la intimidad y al calor de la familia, desde bebés en guarderías estatales si es posible. La neurobiología de la infancia, tal como lo demuestra el análisis científico de los vínculos tempranos, confirma que la ruptura prematura del apego materno y la delegación de la crianza en el aparato burocrático deterioran el desarrollo motor del carácter y empobrecen la capacidad de discernimiento moral en la adultez, generando sujetos pasivos, dependientes e influenciables por la cultura de masas.
La Resurrección del Sentido Común y la Defensa de la Familia
Nuestra línea editorial denuncia esta estafa histórica con la serenidad de quien se apoya en la verdad inmutable del orden creado. Reclamamos con firmeza filológica y filosófica la necesidad de desterrar la falacia de que la sumisión a las exigencias del mercado capitalista o burocrático constituye una forma de superioridad sobre la sublime soberanía del hogar familiar. Reconocer las cosas por su verdadero nombre exige afirmar sin rodeos que desmantelar la presencia materna en la educación de los hijos y degradar las virtudes domésticas ha sido el golpe más destructivo contra la cohesión social de Occidente.
La restauración de una república auténtica y digna comienza por honrar nuevamente la majestad sagrada de la mujer y del hogar. Ninguna sociedad puede prosperar ni mantenerse en pie si olvida que la formación de ciudadanos libres, probos y coherentes no se fragua en las líneas de montaje ni en los escritorios de un edificio corporativo, sino en el regazo amoroso, sabio y fecundo de una madre valorada, amada y protegida por una comunidad que reconoce en ella el tesoro más grande y sagrado de la creación.
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