|Edición Digital — Año I, N°

Santa Jacinta News®

Fides • Traditio • Veritas

La Arquitectura del Engaño y los Pecados de la Razón: Tratado de Lógica Clásica, Neurobiología y Dialéctica Pontificia Frente a las Falacias del Mundo Moderno (Parte I de VI) (Parte 3)

Primera entrega de la magna exégesis del Diccionario de Falacias de Ricardo García Damborenea. El Dr. Alejandro de la Garza, en colaboración con la Dra. Ibáñez-Soto y el Lic. Torres-Lozano, disecciona la etiología neuronal y metafísica del sofisma, el secuestro límbico del Logos y la anatomía de los treinta grandes extravíos de la argumentación contemporánea.

| Por |
La Arquitectura del Engaño y los Pecados de la Razón: Tratado de Lógica Clásica, Neurobiología y Dialéctica Pontificia Frente a las Falacias del Mundo Moderno (Parte I de VI) (Parte 3)

Adentrándonos en el examen particular de las falacias elementales, nos topamos en primer término con la Falacia del Accidente, una transgresión ontológica que consiste en confundir la esencia con el accidente, elevando una propiedad sobrevenida o yuxtapuesta a la categoría de definición sustancial. La filosofía realista nos enseña que la esencia constituye la substancia de una realidad, aquello que no puede suprimirse sin destruir el concepto mismo, mientras que el accidente representa una cualidad particular y contingente que puede estar o faltar sin alterar la naturaleza del ente. Cuando el cerebro opera mediante atajos perceptivos veloces para ahorrar energía glucolítica, incurre con facilidad en el antiguo adagio según el cual el hábito no hace al monje; si definiéramos a las aves por la cualidad accidental de ser vertebrados que vuelan, cometeríamos el absurdo de excluir de la categoría a los pingüinos y de incorporar en ella a los murciélagos. Este cortocircuito cognoscitivo es la plaga de la prensa superficial contemporánea, la cual extrae conclusiones universales a partir de conductas que sólo se verifican de modo accidental en individuos particulares, lanzando anatemas sobre enteros cuerpos institucionales o clases de ciudadanos por las transgresiones singulares de algunos de sus miembros, juzgando torpemente la feria según la fortuna personal y no según su intrínseca realidad.

A este desvío le sucede la Falacia de la Afirmación Gratuita, conocida en la jurisprudencia clásica y en la teoría argumentativa como el vicio del Ipsedixitismo, bautizado así a partir de la expresión latina ipse dixit —él mismo lo dijo— que alude a la arrogancia de imponer un aserto por el solo peso de la propia voluntad o el volumen de la enunciación, eludiendo por completo la carga de la prueba. Teológicamente, este proceder refleja el pecado de la soberbia del intelecto, mientras que en la neurología de la comunicación representa una maniobra de dominancia donde el emisor intenta avasallar la corteza prefrontal del receptor mediante asertividad sonora. Es la marca distintiva de la propaganda ideológica y de la publicidad consumista, donde abundan declaraciones categóricas desprovistas del menor respaldo demostrativo; todo pensador recto tiene el deber inexcusable de rechazar semejantes pretensiones, recordando que lo que se afirma de modo gratuito puede y debe ser descartado de modo igualmente gratuito.

El peligro se multiplica cuando la infidelidad argumental se oculta en la Falacia de Ambigüedad, también llamada del equívoco o la anfibología, la cual brota cuando un término o una formulación se emplea con dos significados diferentes dentro de una misma cadena deductiva, destruyendo la coherencia del silogismo. Si la corteza temporal del cerebro no conserva estable y fijo el contenido semántico de un vocablo desde la premisa mayor hasta la conclusión, se desemboca en monstruosidades dialécticas. Así ocurre cuando se argumenta que toda persona que ocasiona una herida en el cuerpo humano es un agresor punible, para luego concluir que el cirujano que opera para salvar una vida debe ser tratado como un criminal, confundiendo la lesión maliciosa con el acto médico salvífico; semejante perversión semántica permitiría acusar de canibalismo a quien en la sobremesa disfruta de un dulce tradicional con nombre anatómico. En la política de nuestro tiempo, este equívoco es manipulado deliberadamente por quienes confunden la responsabilidad penal —que requiere sentencia firme y prueba plena— con la responsabilidad política o ética, la cual exige la preservación de la confianza cívica y la renuncia ante la duda razonable, utilizándose el primer concepto para blindar la inmoralidad pública.

Volver a noticias