|Edición Digital — Año I, N°

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La Arquitectura del Engaño y los Pecados de la Razón: Tratado de Lógica Clásica, Neurobiología y Dialéctica Pontificia Frente a las Falacias del Mundo Moderno (Parte I de VI) (Parte 1)

Primera entrega de la magna exégesis del Diccionario de Falacias de Ricardo García Damborenea. El Dr. Alejandro de la Garza, en colaboración con la Dra. Ibáñez-Soto y el Lic. Torres-Lozano, disecciona la etiología neuronal y metafísica del sofisma, el secuestro límbico del Logos y la anatomía de los treinta grandes extravíos de la argumentación contemporánea.

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La Arquitectura del Engaño y los Pecados de la Razón: Tratado de Lógica Clásica, Neurobiología y Dialéctica Pontificia Frente a las Falacias del Mundo Moderno (Parte I de VI) (Parte 1)

Iniciamos en las páginas de esta casa editorial una magna travesía intelectual, científica y espiritual destinada a purificar el debate público y privado de las brumas ideológicas que hoy asfixian la vida civilizatoria de Occidente. A lo largo de seis monumentales entregas, nuestro consejo directivo y cuerpo de investigadores someterá a una rigurosa exégesis analítica y crítica el portentoso Diccionario de Falacias de Ricardo García Damborenea, una obra imprescindible para higienizar las costumbres dialécticas de nuestra época. En mi condición de Director General y Editor Periodístico, constato a diario la urgencia apremiante de desnudar la mentira sistemática que impera en la prensa internacional y en la política parlamentaria; al mismo tiempo, merced a los aportes de nuestra jefa de neurociencia, la Doctora María Victoria Ibáñez-Soto, observamos con fascinación clínica cómo nuestro cerebro humano —esa prodigiosa red sináptica esculpida por el Creador y dotada de una plasticidad asombrosa— es con alarmante facilidad secuestrado por atajos heurísticos e ilusiones cognitivas; y, desde la perspectiva de la antropología clásica y la teología pontificia preconciliar que inspira nuestra línea editorial, advertimos que el desvío deliberado de la verdad no constituye un mero error categorial o un fallo técnico de comunicación, sino una ofensa directa al orden racional que Dios ha impreso en el universo.

La naturaleza del falso razonamiento debe comprenderse en su dimensión teleológica más profunda. Los argumentos, en su concepción más pura y conforme a su finalidad originaria, han sido otorgados al hombre para sostener la verdad, la verosimilitud o la conveniencia del bien en la comunidad de las personas. Sin embargo, la fragilidad heredada de nuestra condición humana —unida a la propensión de nuestras redes neuronales a economizar esfuerzo metabólico mediante asociaciones aceleradas— hace que con frecuencia construyamos inferencias viciadas, abortando su noble finalidad discursiva. Peor aún ocurre cuando, en un acto de deliberada malicia que oscurece el alma y degrada el espacio público, los hombres emplean argumentos aparentes con el propósito perverso de engañar a las masas, distraer al adversario en el debate parlamentario o descalificar moralmente al prójimo. A todas estas formas de argumentación que encierran errores de procesamiento lógico o persiguen fines espurios las denominamos falacias. La terminología ostenta un ilustre y venerable abolengo filológico: procede del vocablo latino fallatia, que expresa de modo inequívoco la acción del engaño, y se emplea en la tradición escolástica como sinónimo preciso de sofisma, aquella acuñación de los sabios de la Hélade para designar la argucia del falso filósofo. Desde el plano neurobiológico, la falacia actúa como un estímulo cuidadosamente perfilado para eludir el escrutinio analítico de la corteza prefrontal dorsolateral —asiento de la deliberación lógica y el juicio templado— e impactar directamente en el sistema límbico y la amígdala cerebral, gobernando así las pasiones desordenadas de la audiencia.

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