Frente a esta cosmovisión deshumanizante, aquella madre oriental —iluminada por lo que en nuestra teología moral y dogmática denominamos la recta razón y el sensus fidei o sentido de la fe— se rebela con toda la fuerza de su ser ontológico contra el reduccionismo clínico. Ella comprende por intuición empírica insobornable que la intervención psicoterapéutica jamás es ni podrá ser axiológicamente neutra. Por esta razón, supedita la competencia técnica del facultativo a una exigencia de orden superior: busca deliberadamente a un profesional de la salud que ostente un perfil humano y moral compatible con los valores de la ley natural y la fe. Esta madre sabe, acaso sin haber compulsado jamás las páginas de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, que el alma humana, en tanto que forma sustancial de un cuerpo estructurado, requiere ser tratada y acompañada por quien no ampute su dimensión espiritual ni su ordenación teleológica hacia la Verdad y el Bien supremo. Es a través de esta vivencia palpable que el expositor responde con contundencia categórica a la premisa rectora de su disertación: existe una relación profundísima, insoslayable e indispensable entre la psicología empírica y la fe cristiana, pues entregar las potencias superiores del alma racional a manos de cualquier clínico inmanentista constituye un riesgo de perversión moral que corrompe la misma raíz de la personalidad humana.
Avanzando en nuestra disección periodística de la conferencia, el expositor nos traslada sin escalas desde aquella sabiduría intuitiva familiar hacia el frío y hostil anfiteatro de la academia universitaria secular, remontándose a sus duros años de formación como residente de psiquiatría hospitalaria en el Uruguay. Es en aquel recinto clínico donde la fractura epistemológica que denunciamos se manifiesta con crudeza innegable. El doctor Verdier relata el episodio en que una profesora veterana y jerárquica de la especialidad, forjada en el empirismo positivista más recalcitrante y declaradamente hostil a la fe católica, se le acercaba delante de sus compañeros de residencia y, propinándole un ligero golpe de mano en el hombro con un acento de sutil menosprecio, lo señalaba exclamando: acá está el católico.
Como filólogo y analista del discurso, decodifico de inmediato la enorme carga simbólica que encierra esta sentencia; mas es desde mi condición de metafísico tomista que advierto la verdadera magnitud del agravio ontológico. No nos hallamos ante una anécdota intrascendente de pasillo hospitalario, sino ante la confesión pública de una rivalidad irreconciliable por el dominio del sujeto humano. La ciencia moderna, embriagada por la capacidad técnica de cuantificar la materia —lo cual es rigurosamente legítimo únicamente dentro del orden de los accidentes físicos—, ha pretendido usurpar el trono exclusivo de la antropología. Al identificar y apartar al estudiante marcándolo por su fe, aquella veterana docente admitía a su pesar que la psiquiatría moderna y la doctrina cristiana colisionan irremediablemente porque ambas reclaman autoridad magisterial sobre un mismo y único objeto material de estudio: el hombre en su totalidad. Aquella mujer poseía la sagacidad de intuir que su concepción materialista del psiquismo inevitablemente sacaría chispas al confrontarse con la visión católica de un joven estudiante. En la química analítica sabemos con certeza fehaciente que si intentamos mezclar dos sustancias de polaridad eléctrica contrapuesta sin la mediación de un agente emulsificante, el resultado inmediato es la repulsión o la fractura violenta del compuesto. Del mismo modo, una antropología psiquiátrica que concibe al hombre como un puro reflejo nervioso condicionado no podrá jamás convivir de manera pacífica con una antropología que confiesa a ese hombre como una unidad sustancial de materia y espíritu, llamada a la trascendencia eterna.

