La crónica se torna aún más dramática al examinar el segundo caso clínico-académico presentado por el ponente: la tragedia intelectual de un docente que había experimentado una severa corrosión de su propia fe. Se nos relata la historia de un profesor que en su juventud había sido católico practicante, pero que a lo largo de décadas de ejercicio docente y contacto continuo con el psicoanálisis y el biologicismo se había entibiado hasta perder el norte de su vocación. Como psicólogo y neurocientífico, he observado esta catástrofe en innumerables ocasiones dentro de los pabellones psiquiátricos y las cátedras universitarias: la fe teologal de un científico sufre una degradación entrópica incesante si se expone sin defensas a los solventes corrosivos de las teorías secularizadas sin contar con una robusta coraza metafísica.
Aquel docente universitario, desprovisto ya de las armas espirituales del entendimiento purificado, se aproximó al doctor Verdier en un pasillo para formularle una interrogante cargada de angustia existencial y claudicación: tú cómo haces para convivir con todo esto. En dicha pregunta residía la confesión trágica del inmanentismo moderno: para quien carece del hábito científico superior, las teorías clínicas de la psicología secular y la verdad de la Revelación operan en la mente como potencias antagónicas que terminan por desintegrar la unidad interior del investigador. El drama del científico tibio estriba puntualmente en la carencia del habitus metafísico aristotélico-tomista que permite ordenar las ciencias jerárquicamente, distinguiendo con claridad meridiana entre la Causa Primera incausada y las causas segundas o instrumentales. Cuando un médico pierde la contemplación del alma racional como forma sustancial y principio supremo del obrar, la abigarrada multiplicidad de técnicas empíricas se convierte en una torre de Babel que sofoca su juicio. Por ello, el conferencista sentenia con admirable realismo quirúrgico que los supuestos diálogos entre ciencia y fe en la universidad del siglo veinte han sido decepcionantes y esporádicos, careciendo absolutamente de una sana y verdadera integración en el aula.
Con el propósito de ilustrar este desencuentro histórico y epistemológico, el doctor Verdier apela a una analogía profana de gran fertilidad pedagógica: el taller mecánico. Nos recuerda que en un taller de reparaciones de carruajes o automóviles convergen operarios de artes disímiles, tales como el artesano que aplica la pintura exterior sobre la carrocería y el mecánico especialista que calibra los pistones y engranajes del motor. Ambos operarios trabajan simultáneamente sobre el mismo objeto físico, se saludan en el patio y comparten el pan en la mesa comunal durante el descanso; sin embargo, sus disciplinas permanecen perfectamente yuxtapuestas y separadas. Como estudioso de la física teórica, confirmo la exactitud del ejemplo en el mundo inerte: la óptica cromática de los óxidos de pintura y la termodinámica interna de un motor de combustión no requieren fundirse para que el vehículo circule.
No obstante —y aquí radica el acierto superior del expositor—, la analogía del taller mecánico resulta totalmente inadecuada para describir la constitución ontológica del ser humano. En una máquina artificial, el color de la pintura y la mecánica del motor son accidentes superpuestos de modo externo por mano de obra humana. En el hombre creada a imagen de Dios, en cambio, el cuerpo orgánico y el alma espiritual no son dos sustancias contiguas, sino que constituyen una única unión hilemórfica sustancial e indivisible en la existencia terrena. En virtud de esta unidad ontológica del compuesto humano, el sacerdote que cuida la salud espiritual y el psiquiatra que trata las dolencias afectivas no pueden limitarse a comer juntos en una mesa de diálogo inter-disciplinario manteniendo sus saberes compartimentados; requieren imperiosamente una integración orgánica en la verdad.

